LA HORA NAVARRA Y LOS LASTIRI

La presencia de una fracción notable de las élites vascas y navarras en las estructuras dela Monarquía hispánica fue particularmente relevante durante el siglo XVIII. A lo largo del siglo, buen número de hijos de aquellas familias sobresalieron en el Comercio colonial, en las finanzas de la Corona, en la Casa Real, en la alta Administración, en el Ejército o en la iglesia, y su presencia destacó en centros neurálgicos de la Península, como Madrid o Cádiz, y en las principales ciudades de América y Filipinas.

Entre aquellos vascos y navarros se distinguieron una serie de hombres provenientes de los Valles de Baztan y de Bertizarana, en la Navarra oceánica, cuya posición notable en la Corte, desde los tiempos de Felipe V, hizo que se hablara, en un libro pionero de Julio Caro Baroja, de “La hora Navarra del XVIII” La mayor parte de las familias que participaron en aquella dinámica provenían de simples casas campesinas del siglo XVII que se fueron elevando, al filo del enriquecimiento y poder conseguido por sus hijos en el ámbito del Imperio, para formar en el XVIII la élite dirigente de sus comunidades

Durante el Antiguo Régimen español las ciudades castellanas, especialmente las de voto en Cortes, cabezas de provincia fiscal y militar, fueron regidas por oligarquías y grupos medios urbanos que las consideraron un coto cerrado en el que no siempre ejercieron la acción municipal, sino que, frecuentemente, fueron una plataforma para sus deseos de ascenso social.

En una sociedad como la del Antiguo Régimen el puesto que se ocupaba en la estructura social venía claramente definido por elementos y privilegios diferenciadores del status, (fundamentalmente legales y jurídicos) y por su poder político, más que por el nivel de rentas y riqueza personal. La propiedad del regimiento, vía «venalidad», les hacía pertenecer a una «elite de poder» político en el ámbito urbano y les proporcionaba, además de oficios y empleos, la gestión (y a veces la privatización en sus personas —vía juros o deuda pública municipal—) de numerosos recursos fiscales municipales y de rentas reales, como el servicio, los millones, los cientos, o las alcabalas, pero también les daba a ellos y a sus familiares el tan ansiado prestigio social, que en la España Moderna venía asociado a la condición nobiliaria.

El reinado de Carlos II se caracterizó por la concesión indiscriminada de títulos, unas veces por servicios prestados —administrativos, militares o económicos— y otras a quien pudiera comprarlos; muchos de ellos concedidos a hombres de negocios y asentistas que apoyaron decisivamente a la Monarquía en los momentos decisivos de crisis financiera, en concepto de merced por sus empréstitos y asientos, cuyo pago no podía asumir la Real Hacienda. Cabría, pues, definir a la nobleza titulada propietaria de regimientos como una nobleza burocrática, asociada a la administración de la Hacienda Real y al servicio de la Monarquía borbónica.

La mayoría de los nobles titulados eran además caballeros de Ordenes militares y la mayoría de ellos eran señores de vasallos. En realidad, ambos pasos seguían un mismo proceso de ascenso social: se compraba un señorío sobre el que poder titularse, y a continuación se solicitaba un expediente para la consecución de un hábito en alguna Orden militar, o viceversa. Después, si era posible, se compraba el título nobiliario. Frecuentemente el afianzamiento y el lustre social de un noble con título heredado eran reforzados con la adquisición de un hábito de Orden, especialmente en el XVII en que no poseer hábito era un desdoro.

Así, por ejemplo, los niños mejor apadrinados entraban en las secretarías de despacho como pajes de bolsa y no como simples entretenidos, y ya desde el principio tenían mayores posibilidades de hacer carrera, como muestran las trayectorias de los baztaneses Juan Francisco de Lastiri, Miguel de Múzquiz o Pedro Francisco de Goyeneche y Martiarena.

Entre los navarros, —cuyo desembarco en Madrid desde finales del siglo XVII ha descrito tan bien Caro Baroja—destacan los dos hijos del hombre de negocios con Carlos II y Felipe V, D. Juan de Goyeneche. De meteórico ascenso fué banquero y asentista con Carlos II, con cargo de Tesorero de milicias, actividad como abastecedor monopolístico del Ejército y de la Marina y director y propietario del primer periódico, la «Gazeta de Madrid», desde 1697. Con Felipe V, volvió a tener la confianza económica de importantes personajes de la Corte, siendo tesorero de sus mujeres M.a Luisa de Saboya e Isabel de Farnesio, y transmitiendo el cargo a sus hijos. Primos segundos de los anteriores fueron los también regidores de Guadalajara D. Tomás de Iriberri y Goyeneche y su hijo D. Antonio de Iriberri y Lastiri,  Marqueses de Valbueno.

El ejemplo del Valle de Baztan a este respecto es significativo. En el lugar de Errazu, el capitán Juan Lastiri Bicondo (que tuvo un gobierno en Indias) dotó una maestría de escuela en la segunda mitad del siglo XVII. Las fundaciones más precoces de escuelas fueron obra de gentes, como el capitán Lastiri en Errazu, que se hallaban entre los promotores de aquella dinámica sistemática de carreras en las estructuras de la Monarquía desde mediados del siglo XVII.

Cuando Luis Gonzaga se decidió por la carrera de artillero, lo primero que necesitaba su padre para poder actuar era información sobre quién dirigía la Academia de Artillería de Segovia y sobre cómo llegar hasta él. Antes de ir a Segovia, Luisito fue enviado a Madrid, a casa de Juan Francisco de Lastiri, primo de su padre. Por las cartas que Luis Gonzaga envía a su padre desde Segovia se observa que Luisito se establece en el círculo de parientes y de amistades de la familia, en particular “en compañía de don Fermín Lorenzo y los primos contadores”, como Miguel de Buztinaga y Lastiri (sobrino de Juan Francisco de Lastiri y Contador de provincia en Segovia desde 1784) y su mujer María Ana.

Más allá de la anécdota, este ejemplo ilustra las dimensiones de la economía moral de aquellas familias de la élite, así como sus contrapartidas para las personas. El patrocinio familiar era la fuente principal que sustentaba las trayectorias y carreras.

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